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37. El demonio del dinero

El demonio del dinero

El demonio del dinero

En circunstancias normales, antes de la Primera Guerra Mundial, los estudiantes no tenían mucho que ver con el dinero. Sus padres ganaban, sus padres gastaban por ellos, y los muchachos, con suerte, tenían algunos pesos con los que podían permitirse algunos antojos.

Pero hoy vivimos tiempos extraordinarios. La locura, la caza del dinero, el auri sacra fames ha ya cautivado muchas almas de estudiantes. Estudiantes jóvenes emprenden especulaciones, corren tras el dinero, y no hace mucho que se suicidó un estudiante en Budapest porque no pudo pagar sus pérdidas en la Bolsa. ¡Qué espantosa tragedia! Creo, pues, muy oportuno escribir aquí algunos pensamientos acerca del dinero.

Yo quisiera que tuvieses concepto cabal de lo que vale. No se puede vivir sin dinero, es verdad; pero no lo es menos que vivir tan sólo por el dinero, no es vida humana. La caza del dinero no puede ser fin digno de la vida humana, ya que el dinero es sólo medio para la obtención de los bienes más elevados de la vida. Y, por desgracia, son también hoy muchos los que queman incienso al becerro de oro, como los judíos idólatras en el desierto, y también hoy en muchos círculos de la sociedad, se valora al hombre de esta manera: “¿Ves? Éste tiene auto y 1.000 hectáreas de tierra”. Ante ti, amado joven, lo principal será siempre esto: “¿Ves? Es un hombre honrado de pies a cabeza”.

Un hombre rico dijo en el lecho de muerte: “He trabajado durante cuarenta años como un esclavo para labrar mi fortuna; los años que me restaban de vida los he empleado en guardarla como un policía, y, ¿qué he recibido en cambio? Comida, casa y vestido”. Tiene razón San Bernardo: “La fortuna la conseguimos con fatigas, la guardamos con pesares y la perdemos con dolor”.

¿Qué? ¿Entonces no está permitido crearse una fortuna con honrado esfuerzo? Claro que sí. Pero quien adquirió una copiosa fortuna con la que podría hacer tantas obras buenas a favor de sus prójimos que sufren, y las omite, este tal no tiene perdón de Dios. Según la enseñanza sublime de Jesucristo, sólo está permitido amontonar grandes bienes, si con ellos hacemos obras de misericordia.

No hay que ser comunista, ni es necesario negar el derecho de propiedad para conceder, que las enormes fortunas de hoy no ha podido amontonarlas un solo individuo; muchos obreros las regaron con su sudor. Por lo mismo, se debe invertir algo de tales fortunas en el bien común, a favor de la humanidad. Noblesse oblige “Nobleza obliga”, es un proverbio que muchos conocen y practican. Pero la riqueza obliga también; obliga a prestar auxilio, a portarse con generosidad. Graba en tu alma las sabias palabras del emperador Constantino El Grande: “Depende del destino el ser emperador; pero si el destino te colocó en un trono, esfuérzate entonces para responder bien a tu divinidad”.

Te lo ruego, pues, encarecidamente, hijo mío. Si Dios te deparó padres poderosos, esfuérzate por injertar cuanto antes en tu alma el espíritu cristiano, que es espíritu caritativo y social. “El corazón se endurece más a prisa en la riqueza que el huevo en el agua hirviente”. (Burne) ¡Hijo del dueño de una fábrica, de un gran industrial!: piensa sólo que mientras en la caja de tu padre entran gruesas rentas mensuales, muchos miles de miembros sudan para ello en las entrañas de la tierra al débil resplandor de una linterna; cuántos obreros están junto a los hornos encendidos y a las ruedas de máquinas en continuo movimiento; cuántos caen víctimas de una desgracia, durante el trabajo pesado y difícil. Y a todos ellos los esperan en casa su familia, sus esposas y sus hijos, muchachos como tú, pero a quienes les falta muchas veces el pedazo de pan.

Si tales pensamientos viven en tu alma, encontrarás medios desde ahora para ayudarlos una y otra vez según tus posibilidades, y aún más, echará en ti profunda solidez el serio pensamiento, y, ¡que por desgracia es hoy tan raro entre las personas acomodadas!, de que recibiste de Dios tu fortuna sólo a manera de préstamo, y que un día tendrás que rendir estricta cuenta de su empleo. Créeme, hijo: si este modo de pensar no fuera raro entre los ricos, ¡y sin embargo es doctrina característica del cristianismo!, se podría resolver en un solo día la cuestión social tan peligrosa y que amenaza con un derrumbamiento completo.

Preguntaron una vez a un rico que había sabido abrirse camino a costa de grandes luchas, cómo pudo reunir tanta fortuna. Así contestó el rico: “Mi padre me inculcó profundamente que no debía jugar antes de acabar el trabajo; no gastar el dinero antes de poder ganarlo”.

Palabras sencillas al parecer, pero llenas de profunda sabiduría. ¡No derrochar el dinero que no has ganado! El que gasta el dinero ganado por otro, no puede llamarse todavía independiente, no es hombre acabado. Naturalmente, entre estudiantes no hay más remedio; ellos viven del dinero de sus padres. Pero deben proponerse firmemente no gastar ni un céntimo en cosas triviales. Ni menos comprar nada a crédito, es decir, no han de gastar hoy el dinero que sólo tendrán mañana, o pasado mañana.

Gasta siempre menos de lo que juntas con tu renta. Muchos hombres están descontentos, no porque no ganan, sino porque no saben frenar sus pretensiones. Grandes propietarios, dueños de inmensas fortunas, se volvieron pobres, sin un techo que los abrigara, porque no cumplieron esta regla. Y no quisiera creer, lo que Walter Scott pone en boca de uno de sus personajes históricos: “Ejecutó más alarmas el dinero sin filos, que cuerpos la espada cortante”. Por otra parte hombres de mediana fortuna pueden vivir honradamente y sin pesares, si conocen el arte de la economía.

Hay muchos jóvenes que no saben manejar el dinero. Si pasan ante una pastelería, ante una tienda de fotografías, de deportes o de música o ante un cine, cada cual según sus gustos, y tienen dinero en su bolsillo, no pueden dominarse. Estos muchachos en vano tendrán cuando sean hombres rentas de millones; nunca estarán satisfechos y nunca tendrán dinero, porque toda su fortuna se derretirá entre sus manos, como la nieve al primer rayo de sol.

(Mons. Tihamér Tóth, “El Joven de Carácter”, Nueva Edición, 2009)

 

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